
Mi padre tiene una letra, a mi parecer, espectacular. Diría que tiene la mejor caligrafía de la familia. Era el escogido para hacer las carteleras que nos mandaban a hacer en el colegio, que, para quienes no saben de qué hablo, consistían en unas cartulinas de color blanco, verde, azul y rosado: los colores típicos. Algo completamente distinto a los pósteres que mandas a imprimir y a las diapositivas que diseñas empleando ChatGPT o cualquier otro modelo de IA. Eran otros tiempos.
Me dijo que, cuando era niño, un profesor cartagenero llegó a Tierralta, Córdoba, de donde es y donde empezó a criarse; que, cuando entraba al salón, lo primero que hacía era tomar una tiza blanca y escribir el título sobre el tablero verde. Al principio, esos tableros eran de madera, porque las casas donde se daban las clases no estaban hechas para ser salones. Luego fueron de cemento. El profesor se tomaba su tiempo. Era como si estuviera dibujando. Todos hacían silencio, tomaban su cuaderno Titán —no le entendí muy bien, pero eran unos cuadernos de hojas patinadas y carátula café—, tomaban su lápiz, y también empezaban a dibujar, tratando de alcanzar al profesor.
Hablamos de los años 60. No existían marcadores recargables ni tableros de acrílico. El profesor se llamaba Eliseo Vélez Fernández. Llegó a Tierralta como el único recurso capaz de transmitir los conocimientos mínimos que debía tener una persona formada. Me dijo que, en aquel entonces, el cargo de profesor era de carácter residual. Me explico: en tiempos de política, por ejemplo, cuando alguien intercedía por otro para que lo ubicaran en un puesto, el intermediario lanzaba la expresión: “hombre, póngalo así sea de profesor”.
Lo curioso de esta historia es que parecía inadmisible que ese referente, el profesor Vélez, cuya letra Palmer todos querían superar, recibiera su pago en especie. Así como les digo: en especie. No sé exactamente cómo operaba eso, pero le daban frutas, gallinas, pavo, plátano, conejo, huevos, guartinaja… Y, si en el pago no estaba la sal, entonces hacía un trueque desequilibrado y escogía entre la gallina y el conejo para cambiarlo por una libra. Como si no bastara, una mañana cualquiera, de un invierno cualquiera, su hijo se bañaba y el río Sinú se lo tragó. Tuvo que gestionar para su ataúd. Todos querían ser como aquel profesor, pero también querían plata.
Esa escena, que podría quedarse como una simple anécdota de familia, en realidad dice mucho más. Habla de los referentes que una comunidad admira, de aquello que los niños miran con atención y luego intentan reproducir. Mi padre no solo aprendió una forma de escribir; también aprendió, mirando, una forma de estar frente al conocimiento.
El asunto es que no solo las cosas buenas quieren imitarse. Esto está documentado en el libro Las neuronas espejo, de Marco Iacoboni, publicado en español por Katz en 2009. Las neuronas espejo son células cerebrales que se activan cuando una persona realiza una acción y también cuando observa a otra persona hacer una acción parecida. Por eso se relacionan con la imitación, la empatía, el aprendizaje social y la comprensión de las intenciones de otros. Algo común, que seguramente todos hemos experimentado, es que, cuando vemos a alguien bostezar, también nos da ganas, y es cuando decimos que “el bostezo se pega”. Me atrevería a apostar que algún lector bostezó mientras se hacía la imagen de las anteriores líneas.
Pero la imitación no deriva de la nada. También depende de a quién ponemos en el centro, de quién habla más duro, de quién hace más show, de quién recibe aplausos y de qué conductas terminan pareciendo aceptables. Por eso, cuando una sociedad convierte ciertos discursos en ejemplo, también empieza a copiar sus formas.
Ha pasado mucho tiempo para que, al menos en Tierralta, los profesores hayan adquirido derechos y dejaran de recibir su pago en puercos y carneros. Parte de estos avances se debe a las gestiones realizadas por el sindicato del profesorado que logró constituirse. Esa historia, que para algunos puede parecer lejana, explica por qué ciertos discursos actuales sobre los maestros no son simples opiniones políticas: tocan una memoria de precariedad, esfuerzo y conquistas sociales.
Es una de las razones por las que mi padre, quien ha sido profesor toda su vida —más de 50 años—, y de quien aún aprendo, se resiste a propuestas que, a su juicio, pueden desmontar o debilitar a FECODE y, en general, se resiste a cualquier medida que amenace derechos sociales conquistados con esfuerzo. Esto, por mencionar apenas algunas cosas, porque la lista es larga.
Y, como el mono ve, el mono hace, ciertas conductas de liderazgo político se convierten en referencias, porque algunos se han convencido de que de este modo se alcanzan objetivos, porque han “comprendido” que con insultos y gritos se escala en la conversación pública. Y vemos senadores que insultan, y vemos cibernautas que humillan, ciudadanos que convierten la agresión en argumento, y hasta personas que te dicen al menos una razón por la cual no deberías existir en este mundo.
Ese modo de hablar no se queda en los debates, ni en las tarimas, ni en las redes sociales. Baja a la calle, se mete en la conversación diaria y termina apareciendo donde menos se espera. Sé de personas que han sido bloqueadas de WhatsApp, a quienes les han esquivado la mirada caminando tranquilas por las calles, y a quienes quieren borrar de la conversación pública solo por pensar diferente. Eso no debería pasar. Convencer vale más que humillar. Porque un país no avanza amputándose una pierna, ni erosionando las conquistas sociales que le han permitido mantenerse en pie.
He visto en las calles de Montería expresiones fuertes y duras contra quienes no se alinean con esa forma de entender la política. Y, aquí les digo, mientras hacía compras en una carnicería, vi cómo alguien sacó pecho y mostró sus dientes, hablándole en un tono dominante, casi a gritos, a quien le estaba fraccionando la carne, porque le dejó un desagradable pellejito en la porción que llevaría a casa.
Y entonces volví al comienzo: a la letra de mi padre. Ahí empezó todo: mi amor por el conocimiento, como una manera de no dejarse llevar por la corriente.
Así comprendí los orígenes de mi caligrafía. Recordé cuando, de niño, me esmeré por imitar su letra —la de un licenciado en Física y Matemáticas—, sobre todo sus números. Así es que se transmiten las cosas. Ortega y Gasset decía que “el tigre de hoy es idéntico al de hace seis mil años, porque cada tigre tiene que empezar de nuevo a ser tigre, como si no hubiese habido antes ninguno”. El hombre, en cambio, no empieza desde cero, sino sobre cierta altura de pasado acumulado. Lo llamativo de esta historia es que su madre, María Guerra, la abuela que jamás conocí, no sabía leer ni escribir. Pero siempre le insistió en que debía estudiar, incluso hasta el último día de su aliento.
Al final, tal vez esa sea la advertencia: una sociedad también se educa mirando. Antes, algunos niños querían imitar la letra del maestro; hoy, corremos el riesgo de imitar el grito del poderoso.
