
El cambio climático es real; y más allá de las razones ideológicas o la ignorancia que puede llevar a muchos a la senda de la negación, las consecuencias negativas de la inacción nos ponen en riesgo a todos.
Y no estoy hablando de la extinción de la salchipapa o el incremento de precios en cervezas y espirituosos: hablamos de la alteración drástica de la cotidianidad más básica: las olas de calor extremo (como la que asola a Europa) ya no son una anomalía de tres días en verano; son semanas enteras donde el asfalto se convierte en un horno urbano, disparando los costos de energía para quien puede pagarla, y asfixiando a quien no.
Hoy hablamos de regímenes de lluvia tan impredecibles que alteran los calendarios agrícolas, lo que se traduce directamente en que salir al supermercado a comprar verduras e insumos básicos se vuelva un ejercicio de economía del absurdo, mientras atacamos ideologías inexistentes de generar desabastecimiento. Las sequías prolongadas y el efecto sobre estimulante del calentamiento en fenómenos naturales como el niño, ya están vaciando los embalses que alimentan las turbinas de nuestros países, amenazando con racionamientos de agua y luz.
Todo esto nos atañe a todos y es momento de empezar a dejar atrás la idea de que esto solamente afecta a otros, pobres por demás, y lejanos, cuando menos. Porque el clima cambia, y no cambia en abstracto en los polos. Cambia en la factura de la luz, en la presión del agua que creemos segura en nuestras ciudades y también en la salud de nuestros cuerpos. La narrativa del “oso polar flotando en un iceberg” nos hizo mucho daño porque nos permitió externalizar la tragedia y verla lejana. Nos compadecemos del oso, pero seguimos con nuestra rutina de consumo. Hoy, la realidad nos obliga a mirar el termómetro local: el aumento de enfermedades transmitidas por vectores como el dengue ya no es un asunto exclusivo de selvas profundas, está tocando las puertas de las ciudades densamente pobladas porque los mosquitos han encontrado nuevos santuarios térmicos gracias al aumento de la temperatura en mayores alturas.
Perder un clima predecible es, en el fondo, perder la estabilidad económica, la salud pública y la seguridad alimentaria. Nadie, por más aire acondicionado que pueda comprar a cuotas y pagar con el dolor de su alma, es una isla inmune al colapso de los sistemas que sostienen la vida urbana. La complacencia es el verdadero peligro. Seguir pensando en la prevención pura a estas alturas es, siendo honestos, un exceso de optimismo; el golpe ya llegó y está rompiendo las vías, los bolsillos y la economía en general.
Por eso, la conversación urgente hoy debe centrarse en la mitigación y, sobre todo, en la adaptación. Necesitamos ciudades resilientes que dejen de pavimentar cada centímetro verde, infraestructuras capaces de soportar lluvias torrenciales sin colapsar y sistemas de salud preparados para el estrés térmico. Pero la adaptación sola es solo contención de daños si no se acompaña de un cambio sistémico. No basta con cambiar las bombillas de la casa o reciclar el plástico del almuerzo mientras el modelo macroeconómico siga premiando el consumo infinito de recursos finitos.
Salvar el barco requiere aceptar que todos estamos en el mismo océano agitado, y que la inercia actual ya no es una opción cómoda, sino un boleto compartido hacia el desastre.
