Cuando niño, una vez vi una danza que me pareció espantosa: una gallina brincaba y brincaba sin parar después de que alguien le torció el pescuezo. Fue el animal que pagó el precio de alguna celebración. Lo cierto es que ese día no comí nada.
Sin embargo, vinieron más fiestas, más celebraciones y más gallinas. Y aquella danza terminó por parecerme cotidiana. Hasta que un día terminé comiéndolas sin ningún remordimiento.
No pude con la tortuga en Semana Santa, cuando vi cómo sumergían una en agua hirviendo para luego prepararla. Todavía recuerdo el desespero de sus patitas verdes, agitándose con una velocidad que jamás lograrían caminando sobre la tierra.
Eso no pude normalizarlo.
Y entonces uno se pregunta dónde está el límite. En cuanto a danzas, el mío lo encontré en una tortuga. Pero ¿dónde lo encuentra una colectividad? ¿En qué punto converge esa “suma de voluntades”? El peligro es que la frontera entre lo tolerable y lo intolerable también se acostumbra a moverse, desplazando con ella el umbral de lo que terminamos considerando normal.
Supongo que así funciona muchas veces la normalidad. No necesariamente aparece porque algo sea bueno, justo o verdadero. A veces aparece simplemente porque lo hemos visto demasiadas veces.
Por eso inquieta que los cadáveres puedan terminar convertidos en escenografía de eficacia política. ¿Qué pasa si empezamos a habituarnos también a verlos así? Prefiero, en todo caso, una sociedad entre libros y en compañía de Sophía, que una acostumbrada a encontrar a Tánatos entre sus muertos.
Con las ideas puede ocurrir algo parecido.
También hay palabras que producen tranquilidad. Incluso palabras capaces de hacernos creer que todo puede transformarse en algo mejor.
Firmeza. Patria. Orden. Fe. Moral. Bien. Verdad. Cristo.
Una sociedad no necesariamente cambia de un día para otro. Todo es un proceso. A veces empieza cediendo pequeñas cosas. Una idea. Una duda. Una opinión. Después otra. Hasta que llega un momento en que aquello que antes habría parecido extraño termina siendo perfectamente normal, y dejamos incluso de preguntarnos el por qué y el para qué.
Así, ocurre algo todavía más curioso: el extraño empieza a ser quien conserva lo que los demás ya perdieron.
No hablo solamente de política. Tampoco solamente de religión. La historia ha dejado suficientes ejemplos para saber que cualquier idea —de derecha, de izquierda, divina o terrenal— empieza a volverse peligrosa cuando deja de admitir preguntas, cuando disentir comienza a molestar o cuando alguien pretende decidir qué pueden decir los otros y qué tienen derecho a saber.
Quizá por eso inquietan tanto las sociedades demasiado seguras de su propia virtud. Las que ya saben quiénes son los buenos, quiénes son los malos y qué debe sacrificarse para pertenecer.
Lo peligroso no siempre es perder algo.
A veces lo verdaderamente peligroso comienza cuando todos lo han perdido y nadie recuerda que alguna vez lo tuvo.
Hace más de un siglo, Khalil Gibrán imaginó una de esas sociedades.
La llamó La Ciudad Bendita.
Curioso nombre.
A veces uno mira alrededor y comprende que la literatura no necesita adivinar el futuro.
Le basta con conocer al hombre.
Por mi parte, prefiero seguir entero.
Cualquier parecido con la realidad…
𝐋𝐀 𝐂𝐈𝐔𝐃𝐀𝐃 𝐁𝐄𝐍𝐃𝐈𝐓𝐀 – Khalil Gibrán
Era yo muy joven cuando me dijeron que en cierta ciudad todos sus habitantes vivían con apego a las Escrituras.
Y me dije: «Buscaré esa ciudad y la santidad que en ella se encuentra». Y aquella ciudad quedaba muy lejos de mi patria. Reuní gran cantidad de provisiones para el viaje, y emprendí el camino. Tras cuarenta días de andar divisé a lo lejos la ciudad, y al día siguiente entré en ella.
Pero, ¡oh sorpresa! vi que todos los habitantes de esa ciudad sólo tenían un ojo y una mano. Me asombró mucho aquello, y me dije: «¿Por qué tendrán los habitantes de esta santa ciudad sólo un ojo, y sólo una mano?».
Luego, vi que también ellos se asombraban, pues les maravillaba que yo tuviera dos manos y dos ojos. Y como hablaban entre sí y comentaban mi aspecto, les pregunté:
—¿Es esta la Ciudad Bendita, en la que todos viven con apego a las Escrituras?
—Sí, esta es la Ciudad Bendita —me contestaron.
Y añadí:
—¿Qué desgracia os ha ocurrido, y qué sucedió a vuestros ojos derechos y a vuestras manos derechas?
Toda la gente parecía conmovida.
—Ven; y observa por ti mismo —me dijeron.
Me llevaron al templo, que estaba en el corazón de la ciudad. Y en el templo vi una gran cantidad de manos y ojos, todos secos.
—¡Dios mío! —pregunté—, ¿qué inhumano conquistador ha cometido esta crueldad con vosotros?
Y hubo un murmullo entre los habitantes. Uno de los más ancianos dio un paso al frente, y me dijo:
—Esto lo hicimos nosotros mismos: Dios nos ha convertido en conquistadores del mal que había en nosotros.
Y me condujo hasta un altar enorme; todos nos siguieron. Y aquel anciano me mostró una inscripción grabada encima del altar. Leí:
«Si tu ojo derecho peca, arráncalo y apártalo de ti; porque es preferible que uno de tus miembros perezca, a que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha peca, córtatela y apártala de ti, porque es preferible que uno de tus miembros perezca, a que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno».
Entonces comprendí. Y me volví hacia el pueblo congregado, y grité:
—¿No hay entre vosotros ningún hombre, ninguna mujer con dos ojos y dos manos?
Me contestaron:
—No; nadie; sólo quienes son aún demasiado jóvenes para leer las Escrituras y comprender su mandamiento.
Y al salir del templo inmediatamente abandoné aquella Ciudad Bendita, pues no era yo demasiado joven, y sí sabía leer las Escrituras.

