Hace unos años, cuando la ministra Irene Vélez apenas cumplía un mes en el cargo, escribí en este mismo espacio que la discusión sobre sus tenis era una manera de desviar la atención del tema central, la transición energética. Hoy, querido lector, vengo a hablarle de corbatas. Y antes de que me cobre la incoherencia —porque aquí en Los Juanetes todos tenemos un pasado oscuro y alguno lo tiene archivado en Word— déjeme explicarle por qué no lo es: el problema nunca fue hablar de la ropa del poder, sino hablar solo de eso. La ropa no es el contenido, pero produce imaginarios, y los imaginarios se votan.
La corbata es un objeto maravilloso. No abriga, no sostiene nada, ni siquiera sirve para amarrar la bolsa del pan. Es un trapo que cuelga del cuello y que, sin embargo, ordena el mundo: quién entra a la reunión, quién se sienta adelante y quién sirve el tinto. Si las empanadas nos sirvieron para explicar la corrupción, la corbata nos va a servir para explicar el cambio de gobierno.
En una columna anterior, Prisioneros de la imagen, traía a Armando Silva para decir que los imaginarios no son solo una inscripción psíquica individual, sino una condición afectiva y cognitiva que compartimos en comunidad, y que la realidad política se construye como un hecho del lenguaje. Pues bien, la ropa es lenguaje. Pierre Bourdieu lo llamó hexis corporal: la manera en que el cuerpo —cómo se para, cómo camina, cómo se viste— encarna la posición social de quien lo porta. En La distinción muestra que el gusto no es inocente: sirve para marcar quién pertenece y quién no.
En cristiano: el tenis con sastre y la camisa sin corbata decían “somos como ustedes, llegamos de abajo”. La corbata dice “volvieron los que saben”. Y ambos mensajes van dirigidos a la misma galería.
El 7 de agosto el presidente De la Espriella se posesionó con un traje azul oscuro de corte clásico, corbata a juego y camisa a la medida, de una marca nacional de alta gama que, según su fabricante, también vistió al vicepresidente y a parte del gabinete. El mismo empresario contó que el mandatario tenía sastre en Italia y decidió apostarle a la industria nacional. El nacionalismo, querido lector, también se cose.
Pero seamos justos, que aquí pisamos callos de lado y lado: el gobierno anterior también hacía imagen. En campaña, un analista describió la ausencia de corbata de Iván Cepeda como un gesto de igualdad con el pueblo, porque la corbata le resultaba ofensiva a él y a su corriente política. Eso también es puesta en escena, tan calculada como el pañuelo en la solapa que De la Espriella conservó durante toda la campaña mientras se quitaba la corbata para parecer menos rígido. Y para completar la paradoja, fue la Cancillería del gobierno del cambio la que en diciembre de 2024 expidió un manual que exigía a sus funcionarios traje completo, corbata o corbatín y zapatos Oxford. La corbata nunca se fue del Estado: se quedó en el cajón esperando a que volvieran los de siempre.
Tampoco es un capricho personal del presidente. En Chile, el equipo de Kast ordenó este año corbata obligatoria para sus funcionarios y ropa formal y sobria para las funcionarias, con el propósito declarado de marcar contraste con la “informalidad” del gobierno Boric. Es un repertorio regional: la derecha que vuelve se viste de orden, porque el orden es lo que vende.
La diferencia, entonces, no es entre imagen y autenticidad. Es entre dos imaginarios: el de la cercanía y el del orden. Y el del orden tiene una ventaja enorme: no hay que demostrarlo, basta con parecerlo.
Pero la corbata no es el único vestuario de este gobierno. Para entender el otro hay que volver a Marshall McLuhan, que lo dejó escrito en 1964, en Comprender los medios de comunicación: el medio es el mensaje. Lo que transforma a una sociedad no es tanto lo que se dice, sino el canal por el que se dice; el medio cambia la escala y la forma de nuestras relaciones mucho antes de que reparemos en el contenido. Años después jugó con una errata de imprenta y tituló otro libro El medio es el masaje, porque los medios nos amasan y nos moldean sin pedirnos permiso.
El medio es el mensaje y el chaleco también, el cuerpo del presidente es un medio. El 22 de septiembre, en pleno paro armado de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, De la Espriella recorrió Santa Marta con chaleco antibalas, radio de comunicaciones y una pistola visible en el cinto. Horas después repitió la escena en la madrugada de Cali, caminando junto a policías y soldados. Y el video no lo filtró nadie: lo publicó él mismo en sus redes. Ya no es el traje azul de la posesión; es ropa de campaña, pero de la otra campaña, la militar.
En cristiano: lo que se hizo en Santa Marta —el consejo de seguridad, el despliegue de uniformados— importa menos que el medio, que es el cuerpo armado del presidente circulando en un video vertical. Algún analista consultado por la prensa celebró justamente eso: que la imagen del mandatario armado anime a otros ciudadanos a hacer lo mismo. No es casual que este mismo Gobierno haya levantado la suspensión al porte legal de armas. El chaleco no protege solo al presidente: vende una política.
La corbata es para el palacio y el chaleco para la calle. Dos vestuarios, un mismo guion. El poder ya no solo se viste: se encarna. El presidente no representa el orden, lo actúa con su propio cuerpo, y la pantalla se encarga del resto.
Aquí es donde el chaleco y el barco se tocan. El Gobierno anunció que estudia un buque cárcel para los internos que requieran aislamiento excepcional, como parte de su estrategia para recuperar el control de las cárceles. Foucault, en Vigilar y castigar, cuenta cómo el castigo pasó del suplicio público en la plaza a la prisión que encierra y oculta el cuerpo. El buque es una síntesis extraña de las dos cosas: se esconde al preso mar adentro, pero se exhibe el anuncio en tierra firme. El castigo vuelve a ser espectáculo, aunque el espectáculo sea apenas el anuncio.
El cuerpo del que gobierna se viste, se arma y se muestra; el cuerpo del castigado se aleja y se esconde. Son dos caras de la misma operación de imagen. Como me enseñó mi profe Fajardo —Darío, el bueno—, una cosa es lo que pasa en los pasillos de palacio y otra lo que recibe la galería. Al buque no le hace falta zarpar para cumplir su función: le basta con salir en el noticiero, como a la pistola le basta con salir en el video. Mientras tanto, el hacinamiento, la corrupción y las extorsiones que se mueven desde los patios siguen en tierra, con los pies bien puestos.
No me malinterprete, querido lector: no estoy defendiendo los tenis ni atacando la corbata. Cada quien se viste como quiere y nadie cambia de ideología por cambiar de zapatos. Lo que digo es que la forma también es contenido, porque la forma produce los imaginarios con los que después elegimos, aplaudimos o callamos. Si McLuhan tenía razón, el mensaje de estos primeros meses no es la seguridad, es el presidente. Hace cuatro años la imagen nos hablaba de cercanía y no alcanzó a construir estructura; hoy nos habla de orden, y habrá que ver si ese orden es algo más que un nudo bien hecho y una pistola bien encuadrada.
Cambiamos los tenis por la corbata, la corbata por el chaleco y la cárcel por un barco. La pregunta que le dejo es si la realidad también cambió de ropa, o si seguimos siendo prisioneros de la imagen, solo que ahora vestidos de gala… y armados.
Fuera de la columna
Al sastre italiano que perdió a su cliente más ilustre: nuestro más sentido pésame. Y a quienes preguntan si en Los Juanetes hay código de vestuario: sí, el que decida el editor en jefe, que es lo mismo que decir que no hay. Chaleco, por ahora, no necesitamos… por ahora.

