No sé qué es peor: la indiferencia de quien ve a otro sufrir y sigue de largo, o la compasión de vitrina de quien se conmueve solo cuando le conviene.
A la primera al menos se le ve la cara. El indolente no se disfraza. Pasa junto al hombre que duerme sobre el cartón, junto a la señora que pide para un pan, junto al niño que vende dulces en el semáforo a las diez de la noche, y no siente nada, o ha aprendido a no sentirlo. Es una enfermedad vieja y casi honesta: lo suyo es no mirar.
La segunda es más sofisticada y, por eso, más difícil de perdonar. Es la empatía de temporada. La que aparece en diciembre con la foto del pesebre y la bolsa de mercado, la que se indigna en redes por una tragedia ajena durante cuarenta y ocho horas, la que pone el hashtag correcto, la que dona cuando hay cámaras y desaparece cuando se apagan. Es la lágrima que se enciende y se apaga según el público, y una empatía con interruptor no es empatía, es relaciones públicas.
Lo que une a las dos es la distancia. Ambas necesitan que el sufrimiento del otro quede lejos, o que se pueda ver desde una pantalla, y que no nos cueste nada.
Ahora, la pregunta incómoda: ¿por qué hay tan pocos que ganan y tantos que pierden?
La respuesta oficial, la que repiten en los desayunos de empresarios y en los videos de “mentalidad de tiburón”, es que ganan los que se levantan a las cinco de la mañana. Qué conveniente. Basta ver la lista de ganadores para notar que la mayoría se levantó a las cinco de la mañana, sí, pero en una cama que ya era suya, en una casa que ya era de su papá, con un apellido que abría puertas antes de que él aprendiera a pedirlas.
Pesa la cuna. Pesa el barrio, el colegio, el contacto que sí contesta el teléfono. Pesa tener un colchón cuando todo se cae, y pesa no tenerlo. A unos les perdonan el primer error y a otros el primer error les cuesta la vida entera. Pero admitir eso sería confesar que gran parte de lo que tenemos no lo ganamos, simplemente nos lo encontramos. Y a nadie le gusta descubrir que su medalla se la regalaron.
Y los que ganan de verdad, los que están en la cima, tienen todo el interés del mundo en que no lo veamos así. Les conviene que la pobreza parezca un defecto personal, que el hambre parezca pereza y que el fracaso parezca falta de actitud. Es un negocio redondo: si el perdedor cree que perdió por su culpa, no reclama, no se organiza y no exige. Se avergüenza y se calla. Es un negocio redondo: el sistema le cobra al perdedor y además le hace pagar la culpa.
Pero lo que de verdad me quita el sueño no es la cima ni el fondo. Es el medio.
Hablo de usted, el que tiene empleo, un arriendo que apenas alcanza, una tarjeta de crédito en el tope y la firme convicción de que “no le va mal”. El que mira hacia abajo con una mezcla de lástima y alivio, y hacia arriba con devoción de monaguillo, seguro de que va en tránsito hacia la azotea. El que critica al subsidiado mientras paga la cuota del carro con la prima de junio.
Hágame el favor y despierte. Usted no es un ganador en espera. Usted está a un despido, a una enfermedad, a una deuda o a un divorcio de la acera de enfrente. La diferencia entre usted y el del cartón son unos meses de colchón y un familiar que le preste plata. Eso es todo. Camina sobre una cuerda floja y cree que es un puente.
Y lo más tragicómico es la furia con la que defiende el sistema que no lo defiende a usted. Aplaude a los de arriba, que ni saben su nombre, y desprecia a los de abajo, que son el espejo de lo que podría ser el mes que viene. Es el hincha más fiel de un equipo que jamás lo va a fichar.
Por eso la indiferencia no es solo falta de corazón: es falta de inteligencia. El hambre del vecino es el ensayo general de la crisis que puede tocar su puerta. Quien hoy mira para otro lado está educando a su sociedad para que mañana nadie lo mire a él.
Entonces, ¿qué es peor? Yo me quedo con la falsa empatía, aunque sea por un pelo. El indolente al menos no nos engaña ni se engaña. El otro se sirve de la desgracia ajena como de un accesorio: la estrena en redes, la luce un par de días y la guarda. Es la comodidad disfrazada de virtud, y esa es la hipocresía más rentable que existe.
No se trata de cargar con todo el dolor del mundo, nadie puede, y el que diga lo contrario o es el titan Atlas o probablemente esté tratando de vender algo. Se trata de dejar de mentirnos. De mirar al que tiene hambre sin hacer espectáculo, de entender que la distancia entre él y nosotros es más corta de lo que nos conviene creer, y de actuar en consecuencia cuando nadie nos ve y cuando no hay nada que ganar.
Porque tarde o temprano, casi todos terminamos necesitando que alguien nos mire de verdad. Ojalá no sea alguien que justo en ese momento esté ocupado tomándose la foto.

