Patria Milagro: fe, poder y las preguntas que nadie quiere responder – Parte 1/2

Una nota antes de empezar

Cuando me senté a escribir esta columna, el material de partida era un plan de gobierno de tres páginas —portada incluida, imágenes generosas— que con el tiempo se amplió, aunque no precisamente en ideas nuevas, sino en la cantidad de palabras necesarias para envolver las mismas propuestas de siempre en papel de regalo retórico. Resulta paradójico: un programa que promete reducir el Estado a su mínima expresión resultó ser, él mismo, bastante más extenso de lo estrictamente necesario.

El texto que surgió de leerlo con cuidado llegó a once páginas. Después de una cirugía sin anestesia —el tipo de intervención que el propio programa le recetaría al aparato burocrático del país— no pude reducirlo más. De ahí que lo que tienen frente a ustedes sea una columna en dos partes: no por capricho editorial, sino porque hay preguntas que merecen espacio y un plan de tres páginas generó, involuntariamente, más dudas de las que resolvió.

Leer un programa político de verdad es casi un acto de rebeldía. La mayoría de las personas, con razón, prefiere escuchar el resumen del eslogan, tomar partido y seguir con su vida. Pero si uno se detiene a leerlo con calma, a veces encuentra algo más interesante que las propuestas: encuentra el país que ese proyecto imagina, el tipo de ciudadano que supone y, sobre todo, el tipo de poder que aspira a concentrar.

El programa de Abelardo de la Espriella, bautizado Patria Milagro, merece esa lectura. No porque sea el más peligroso que haya visto Colombia, ni el más brillante, sino porque combina con mucha habilidad propuestas técnicas reconocibles con una narrativa de restauración moral que conviene examinar con cuidado. Hay ideas interesantes, hay contradicciones importantes y hay silencios que dicen bastante.

El milagro como método

Empecemos por el nombre, porque los nombres no son inocentes. Un milagro no se explica: se espera y se cree. No depende de procesos lentos, deliberación democrática ni transformaciones culturales. Depende de una intervención extraordinaria. Ese lenguaje tiene un efecto secundario que vale la pena notar: cuando una propuesta se presenta como milagrosa, preguntar por los costos, la financiación o las contradicciones puede parecer casi una impertinencia. El ciudadano deja de ser invitado a deliberar y empieza a ser convocado a creer.

La política necesita esperanza, eso está claro. Pero la esperanza no puede ser la única respuesta a las preguntas fiscales. Prometer simultáneamente menos Estado, menos impuestos, más infraestructura, más vivienda, más seguridad, más cárceles y más subsidios exige algo más que entusiasmo: exige explicar de dónde sale el dinero. Porque si hay algo que no funciona por milagro, es el presupuesto nacional.

La patria no pertenece a un solo sector

En el discurso de De la Espriella, la patria aparece con frecuencia como una entidad moral que debe ser rescatada, más que como una comunidad plural y en permanente negociación. Ese recurso narrativo es políticamente eficaz porque divide el país en dos: quienes encarnan la nación y quienes serían responsables de su decadencia. Pero la democracia no puede sostenerse sobre la idea de que un sector político representa por sí solo el alma de Colombia.

La patria también pertenece a quienes disienten, protestan, dudan o imaginan otro modelo de sociedad. Cuando la discrepancia política se convierte en falla moral, la oposición deja de ser un adversario legítimo y empieza a ser tratada como un enemigo que debe ser derrotado. Ese camino tiene una historia larga en América Latina, y no siempre termina bien.

Reducir el Estado… ¿para qué?

Una de las tensiones más interesantes del programa es que propone reducir drásticamente el Estado y, al mismo tiempo, fortalecer el poder presidencial. A primera vista suena coherente —menos burocracia, más eficiencia— pero no es lo mismo reducir capacidades públicas que reducir poder político. Un gobierno puede tener menos entidades y más autoridad concentrada en el Ejecutivo. Puede ser pequeño frente al mercado y enorme frente al ciudadano.

La promesa de reducir el aparato estatal cerca de un 40% es políticamente eficaz porque ofrece una imagen simple: un Estado gordo, costoso e inútil que debe ser recortado. El problema es que la cifra aparece antes que el diagnóstico. No hay una pregunta previa sobre qué entidades funcionan, cuáles deberían reformarse o dónde faltan capacidades. Primero se fija el porcentaje y después se decide qué cortar. Es un poco como anunciar que se amputará el 40% de un cuerpo antes de saber qué órganos están enfermos y cuáles lo mantienen vivo.

Existen, por supuesto, trámites absurdos, burocracia innecesaria e instituciones que llevan décadas sin servir a nadie excepto a quienes trabajan en ellas. Eso merece corrección. Pero detrás de muchos procedimientos también hay derechos: control ambiental, inspección laboral, supervisión financiera, consulta a comunidades. Eliminar controles no elimina los abusos; a veces simplemente los deja pasar con menos resistencia.

El mercado es una herramienta, no una respuesta

El programa deposita una confianza considerable en la inversión privada, la reducción tributaria y la explotación de recursos naturales como motores del desarrollo. El relato es conocido y tiene su lógica: si se liberan las fuerzas productivas, llega el capital, crece la economía, aumenta el empleo y todos mejoran. No hay nada automáticamente malo en ese argumento, pero sí hay una pregunta que no puede ignorarse: ¿quién se queda con los beneficios del crecimiento y quién paga sus costos?

Una inversión puede aumentar el PIB y al mismo tiempo contaminar una fuente de agua, desplazar comunidades, concentrar tierra, precarizar el empleo, invisibilizar una población enferma o aumentar la desigualdad. Que el mercado sea necesario no significa que sea suficiente ni que opere siempre a favor del bienestar colectivo. La historia económica de Colombia sugiere que conviene no asumir que ambos intereses van siempre en la misma dirección.

Hasta aquí, el diagnóstico sobre el lenguaje, el poder y el modelo económico de Patria Milagro. Pero el programa tiene más capas. En la Parte II analizamos los temas que suelen generar más aplausos en campaña y menos preguntas en el debate: la corrupción, la seguridad, el medioambiente y el balance final de lo que este proyecto propone —y de lo que calla.