Resiliencia y empatía

Hay una metáfora sobre dos ranas que son expuestas a una olla con agua. Una de estas está hirviendo y la otra es calentada de a pocos. Aquella que toca el agua hirviendo siente el peligro de inmediato y lucha por su vida, mientras la otra nunca se da cuenta de lo que pasa, o quizá sí, cuando ya es demasiado tarde.

A veces siento, sin embargo, que a esa historia le falta un pedazo…

Nadie cuenta por ejemplo que la rana que hierve de a poco está contenta con su situación, viendo cómo las cosas malas le pasan a las que están en la otra olla. Nunca vemos cómo postea en redes sus selfis disfrutando un baño caliente con un hashtag de #Resiliencia, ni la vemos quejarse de las voces que le avisan que poco a poco, todo se está yendo al carajo.

Aprendimos que hay que ser felices con lo que tenemos, no debemos ambicionar las cosas del otro, y debemos agradecer todo lo que la providencia nos brinda. Así, todo lo bueno que llega a nuestras vidas es una bendición que merecemos y todo lo malo una prueba… Qué rico se siente el agua tibia y cuánto bien le hace a nuestra piel y nuestra circulación.

Y es que ahí está el problema: en primer lugar, nos enseñaron a resistir, soportar y adaptarnos. La resiliencia no es solamente un proceso natural del sistema en el que vivimos, es una máxima moral que nos enseña, poco a poco, a resignarnos, felizmente y con una sonrisa, a un entorno cambiante. Y no me malinterpreten, Estoy en contra de ser rígidos al punto de dejarnos tumbar por las tormentas antes de ceder. Pero una cosa es ser flexibles y otra muy diferente andar por la vida dejando que nuestros valores se acomoden a la dinámica interpuesta por las fuerzas de nuestro entorno. Por otra parte, la idea del merecimiento individual, que nos impide darnos cuenta de que el agua empieza a escaldar, mientras nos enfocamos en cómo son otros los que gritan y protestan en su olla.

Porque no es solo la resiliencia. La rana que hierve quizá se apiade de las demás y postee sentidos mensajes de apoyo y aliento a sus congéneres. Siente que con eso hace algo con la misma intensidad con la que está convencida de que la vida es un cúmulo de cosas malas que le pasan a otros, lejanos, por supuesto, y que ella, que está bien, lo está simplemente porque es la favorita de dios, y todo ello lo merece.

Resiliencia y empatía. No podemos decir que nuestra rana adolece de ellas. Pero si lo vemos con calma, son cascarones vacíos de contenido. La rana se adapta a un entorno cada vez peor sin entender que está por hervir. Y siente el dolor de sus semejantes de la misma manera en que un libro o una canción nos hacen llorar, es decir, solamente hasta que desaparecen de nuestros ojos. Resiliencia y Empatía: dos bellas palabras que cubren la ausencia de comprensión del poder que reside en nuestras almas para cambiar esas cosas que podemos cambiar, mientras buscamos una razón sobrenatural que explique que, al dejarlas así, nos volvemos mejores.

Y es que así vamos por el mundo, aprendiendo a adaptarnos, sintiéndonos felices por “notar” el dolor de los demás, y avanzando hacia el futuro sin hacer nada más, porque el sufrimiento es individual y mientras no nos toca, no nos afecta. Si lo sufren otros, es quizá porque es merecido, si nos toca, es una injusticia. Por eso debemos soportar, porque tiempos mejores vendrán, y quizá, aunque el agua está hirviendo y se siente incómodo… esto también pasará.

Tampoco nos cuenta la historia sobre las ranas que esperan su turno para entrar a la olla. A veces estoy seguro de que admiran la tenacidad de aquella que hirvió sin darse cuenta y critican en voz baja a las que saltan con terror. Apostaría a que dentro de si mismas están convencidas de que ellas pueden soportar sin hacer escándalo. 

¿Sueñan las ranas del balde con estar en la olla que hierve de a poco? No sé. Al menos yo, sueño con apagar el fogón y salir corriendo a vivir una vida de cantos nocturnos en el estanque.