Hay un adagio popular que dice: Todo tiempo pasado fue mejor. Lo repetimos con una facilidad sorprendente, como si el simple hecho de haber vivido algo fuera suficiente para convertirlo en extraordinario. Lo decimos cuando recordamos la infancia, cuando escuchamos una canción que hace años no sonaba, cuando pensamos en alguien que ya no está o cuando, por alguna razón, sentimos que la vida tenía más sentido antes de que todo cambiara.
La nostalgia es curiosa. Tiene la capacidad de convertir una tarde cualquiera en un recuerdo inolvidable y de ponerle filtros dorados a épocas que, mientras las vivíamos, no parecían tan maravillosas. Porque también hubo días difíciles, despedidas que no entendíamos, incertidumbres que nos quitaban el sueño y momentos en los que seguramente deseábamos estar en otro lugar, ser otras personas o tener la vida que hoy, precisamente, estamos construyendo.
A veces no extrañamos el pasado, sino a quienes éramos cuando todavía no sabíamos todo lo que nos esperaba. Extrañamos la ligereza de ciertas épocas, las conversaciones que parecían interminables, las personas que creíamos que estarían siempre y hasta las versiones de nosotros mismos que ya no existen. Quizás por eso volver al pasado resulta tan tentador: allí todo tiene un desenlace conocido, incluso aquello que alguna vez nos rompió el corazón.
Pero la nostalgia también puede ser una trampa. Una bastante elegante, hay que admitirlo. Nos hace mirar hacia atrás con tanta insistencia que corremos el riesgo de no reconocer lo bueno que está pasando delante de nosotros. Idealizamos lo que fue, desconfiamos de lo que es y, mientras tanto, esperamos que la vida vuelva a parecerse a una fotografía que tomamos hace años.
Y la vida, por supuesto, no tiene ninguna intención de quedarse quieta para complacernos.
Todo pasa. Pasan las épocas, cambian las ciudades, se transforman las amistades, terminan los amores y hasta las preocupaciones que alguna vez nos parecieron definitivas terminan ocupando un lugar distinto en nuestra memoria. Lo que hoy nos duele, mañana puede ser una historia que contamos sin que se nos quiebre la voz. Lo que hoy nos parece el final puede resultar, con el tiempo, el comienzo de algo que ni siquiera teníamos la imaginación para desear.
Por eso me resisto a creer que todo tiempo pasado fue mejor. No porque el pasado no tenga cosas extraordinarias que merezcan ser recordadas sino, porque el presente y, más aún, el futuro, también tienen derecho a sorprendernos. Hay personas que todavía no conocemos, lugares que aún no visitamos, conversaciones que no hemos tenido y versiones de nosotros mismos que están esperando su turno. Sería injusto condenar el presente a ser siempre una segunda opción frente a un recuerdo.
Además, hay algo profundamente humano en pensar que lo mejor ya ocurrió. Nos da cierta tranquilidad creer que conocemos la cima, que ya tuvimos nuestros mejores días y que, de aquí en adelante, solo queda recordarlos. Pero vivir también consiste en aceptar que no sabemos cuándo llegará una de esas épocas que, años después, recordaremos diciendo: «Qué buenos tiempos aquellos». Tal vez hoy estemos viviendo una de ellas sin darnos cuenta. Tal vez lo que ahora nos parece ordinario termine siendo aquello que más extrañemos.
Y si algo he aprendido es que los tiempos mejores no siempre llegan como los imaginamos. A veces no vienen acompañados de grandes acontecimientos, sino de una paz que antes no teníamos, de una conversación que necesitábamos, de aprender a estar solos sin sentirnos abandonados o de descubrir que aquello que tanto queríamos ya no nos hace falta. Mejorar no siempre significa recuperar lo perdido; a veces significa dejar de necesitarlo.
Ahora bien, tampoco voy a romantizarlo todo. Hay cosas que efectivamente fueron mejores antes. Y aquí es donde quisiera hacer una distinción importante, porque una cosa es la nostalgia y otra muy distinta es tener criterio.
Podemos discutir si fueron mejores nuestros años de colegio, las fiestas de antes, las cartas escritas a mano o las tardes en las que nadie sentía la necesidad de documentar cada segundo de su existencia. Podemos debatir sobre la tecnología, las relaciones y hasta sobre si antes la gente sabía conversar sin mirar el celular cada treinta segundos. En esas discusiones hay espacio para la memoria, para las opiniones y, por supuesto, para el desacuerdo.
Pero cuando hablamos de música, hay comparaciones que merecen un poquito más de rigor.
Porque sí, es posible que todo tiempo pasado haya sido mejor. Sin embargo, una cosa es reconocer la grandeza de una época musical y otra es pretender que todas las expresiones artísticas son equivalentes solo porque suenan en el mismo planeta.
Y aquí es donde me permito cerrar con una afirmación que probablemente incomode a más de uno: en la música, si todo tiempo pasado fue mejor, no se puede comparar a Bach con Bad Bunny.
No se trata de desconocer el fenómeno cultural que es Bad Bunny, sino de entender que popularidad y grandeza musical no son lo mismo. Bach lleva siglos demostrando la profundidad de su obra, y eso no se borra porque cambien las tendencias. Así que sí, hay música para cada época, pero no por eso todo es comparable.
Al final, quizá el problema nunca fue el presente ni tampoco el pasado. Quizá el problema es nuestra costumbre de confundir lo que nos gusta con lo que vale, lo que recordamos con lo que realmente ocurrió y lo que fue importante para nosotros con lo que necesariamente debe ser mejor para todos.
Así que guardemos los recuerdos, volvamos a escuchar esas canciones que nos transportan a otros años y agradezcamos las épocas que nos hicieron quienes somos. Pero no nos instalemos a vivir en ellas.
Porque el pasado merece memoria, el presente merece atención y el futuro merece, al menos, la oportunidad de demostrarnos que todavía puede ser extraordinario.
Porque todo pasa, incluso aquello que alguna vez creímos insuperable. Y mientras nos empeñamos en recordar lo que fue, la vida sigue guardándose sorpresas: viajes que no hemos hecho, vinos que no nos hemos tomado, ciudades que todavía no conocemos, conversaciones que nos cambiarán la forma de pensar y personas que aún no sabemos cuánto llegaremos a querer. Hay experiencias que hoy ni siquiera imaginamos y que algún día recordaremos con la misma nostalgia con la que hoy miramos atrás. Quizás por eso no conviene apresurarse a decidir cuáles fueron nuestros mejores años. Todavía nos quedan demasiadas páginas por leer como para andar escribiendo el final.
Eso sí: que los tiempos mejores estén por venir no significa que tengamos que fingir que Bach y Bad Bunny juegan en la misma categoría.

