El lujo fuera de la ley climática

No puedo negar que, cuando inicié mi doctorado, fue como el inicio de una relación sentimental, un noviazgo, todo era amor, ilusiones y grandes expectativas, sueños y proyecciones. El primer gran golpe de realidad fue cuando me gradué y me di cuenta que, si bien todos querían estar metidos en el cuento de la sostenibilidad, nadie tenía bien claro que era eso y tampoco tenían interés en saberlo, eran felices haciendo pasar cualquier cosa por “sostenible” y así, encantar bobos, embobar incautos y engañar al sistema con greenwashing descarado, puro y duro. Por esos mis primeras columnas en este portal estaban relacionadas con esos tópicos y tenían por objetivo cambiar esa tendencia.

Con el tiempo, mi relación con la realidad se convirtió es esa relación tóxica donde yo, de pendejo y enamorado, creía que podía cambiarlo y, la realidad, me mostraba sus más crudas y salvajes facetas. Pero de todas las facetas que me ha mostrado, la que toco hoy en esta columna es la que, aunque duela admitirlo, me hace sentir que estoy perdiendo la batalla.

Y es que realmente hay una sensación que me persigue desde hace años y que cada vez me cuesta más ignorar: la de estar haciendo esfuerzos genuinos por cambiar mis hábitos, por reducir mi huella, por intentar que el mundo sea un poco más sostenible, mientras otros —los países del G7, los multimillonarios que encabezan Forbes, las naciones que primero alcanzan su día de sobregiro ecológico y un larguísimo etcétera— siguen viviendo exactamente como antes, sin consecuencias y, en muchos casos, sin siquiera preguntarse si deberían hacerlo de otra manera, llevando sus estilos de vida excesivos, irracionales e inconsecuentes con el resto del planeta.

Este texto nace de esa incomodidad. No pretende ser un inventario exhaustivo de todos los problemas climáticos del planeta, sino poner sobre la mesa algo que rara vez se dice con la claridad que merece: El cambio climático no avanza por inercia naturalAvanza impulsado por decisiones políticas, por excepciones legales y por sectores que permanecen sistemáticamente fuera del alcance de la regulación. En ningún ámbito esto resulta tan evidente como en la movilidad de lujo. Entre 2025 y 2026, informes y coberturas periodísticas convergen en una conclusión incómoda: la crisis climática es también un problema de poderDe quién puede contaminar sin consecuencias, de quién define las reglas y de quién queda fuera de ellas (Oxfam International, 2025; Global Footprint Network, 2025a). 

El planeta en sobregiro: una fecha que lo dice todo

El Día del Sobregiro Ecológico de la tierra (Earth Overshoot Day), calculado por el Global Footprint Network, marca el momento del año en que la humanidad ha consumido los recursos que la Tierra puede regenerar en doce meses. A partir de esa fecha, el sistema económico opera en déficit ecológico (Global Footprint Network, 2025b). Es decir, le hacemos un préstamo al año venidero (así este no quiera prestarnos) para poder seguir llevando el ritmo de consumo de recursos del planeta, en vez de modificar nuestros hábitos de consumo.

En el último lustro, el Overshoot Day se ha movido dentro de un rango estrecho—una señal política de normalización del exceso: 2021 (29 de julio), 2022 (28 de julio), 2023 (2 de agosto), 2024 (1 de agosto), 2025 (24 de julio). (Global Footprint Network, 2025b). En 2025, el propio Global Footprint Network enfatizó que esa fecha implica que la humanidad usa la naturaleza 1.8 veces más rápido de lo que los ecosistemas pueden regenerar (Global Footprint Network, 2025a). 

Ahora sorprendámonos un poco, se calcula que el Overshoot Day para este 2026 sería el 05 de junio. Sí, así como lo leen. Esos estilos de vida inconsecuentes lo han logrado adelantar casi un mes y veinte días. Y eso no solo ha sucedido en nuestra cara sino, valga decirlo, con nuestra anuencia.

La literatura reciente advierte que el sobregiro afila disputas legales y expone riesgos económicos en un mundo donde la política va detrás de la ciencia, o mejor, la ciencia va detrás de la política, porque en este mundo las decisiones primero se desmenuzan y miran con el lente de la conveniencia política para luego, y en el mejor de los casos, ver como tuercen la ciencia para justificar las decisiones (cuando no la pueden torcer, no importa, alguna pseudociencia entrará a soportar. Igual, no les molesta mentir descaradamente o negar la ciencia de frente – si no me creen, tomen cualquier intervención, discurso o entrevista de Trump y revisenla – ). 

En enero de 2025, Oxfam instaló el concepto Pollutocrat Day: el 1 % más rico habría agotado su cuota anual “justa” de emisiones en los primeros diez días del año (Oxfam International, 2025; Euronews, 2025). El punto político es directo: si la política climática no toca a los grandes emisores, queda estructuralmente desarmada. 

En noviembre de 2025, La Vanguardia difundió una investigación sobre la huella climática de jets privados de grandes fortunas, con nombres concretos y cifras asociadas a vuelos de lujo (La Vanguardia, 2025). Más que un catálogo de celebridades, el hallazgo político es el régimen de excepción: un tipo de movilidad intensiva en carbono con costos sociales difusos y controles débiles. 

En Nature Climate Change, se describe el “hard road back from overshoot” y cómo el overshoot define el paisaje y endurece reclamos y tensiones (Palmer, 2026). En un texto difundido por IIASA vía Phys.org, se sostiene que entrar en una era de overshoot exige repensar la rendición de cuentas y la justicia en política climática (International Institute for Applied Systems Analysis, 2026).  Es decir, dicha justicia climática debería ir más allá de la compensación. Debería transformar la gobernanza global, garantizando que los grandes emisores y sectores privilegiados asuman responsabilidades proporcionales a su impacto. Esto implica regular el lujo extremo, transparentar las emisiones ocultas (como las militares o financieras) y asegurar que la transición ecológica no recaiga solo en la mayoría, sino también en quienes concentran poder y recursos.

La hipocresía institucionalizada y la política del espectáculo

En enero de 2026, Greenpeace documentó 709 vuelos de jets privados asociados al Foro Económico Mundial de Davos 2025 y sostuvo que alrededor del 70 % de esas rutas podían haberse hecho en tren (Greenpeace International, 2026). Davos se vuelve así un laboratorio del doble estándar: se discute descarbonización en el salón, mientras se “externaliza” el carbono en la pista.  

En febrero de 2026, Mundo Deportivo reportó que antes del Super Bowl LX llegaron cerca de 1 000 jets privados al Área de la Bahía y que, según Flightradar24, las salidas de vuelos ejecutivos se dispararon en más de 1 100 % tras el partido (Mundo Deportivo, 2026). No es una anomalía: es un modelo replicable de movilidad VIP intensiva en emisiones alrededor del espectáculo global. 

Y estamos a la espera del mundial de futbol 2026, el cual tendrá como principal motor de emisiones de CO2, que se desarrollará en tres (3) países: México, Canadá y Estados Unidos. El informe FIFA’s Climate Blind Spot refiere que la edición de 2026 podría generar más de nueve millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente, una cifra superior a la de ediciones anteriores. Parte importante de estas emisiones está asociada a la logística global que rodea a la Copa del Mundo: viajes de selecciones, aficionados, patrocinadores, medios de comunicación y personal técnico. El tamaño del territorio que abarcará el Mundial amplifica el impacto del transporte: la distancia entre las ciudades sede en América del Norte implica que muchos desplazamientos se harán por vía aérea, lo que incrementa de forma notable la huella de carbono del evento (Delgado et al., 2026)

Para tener en cuenta, se estimó que le mundial de Qatar (2022) se emitieron más de 3.6 millones de toneladas de CO2 eq (unidad de medida que se utiliza) y de estas, más de la mitad, fueron atribuibles a la movilización de los aficionados (CNN, 2022). El mundial de Rusia 2.1 millones y el de Brasil, 2.7 millones. 

El lujo financiero: la contaminación que no se ve

La crisis climática suele asociarse a comportamientos visibles: consumo ostentoso, movilidad aérea, eventos VIP. Sin embargo, el verdadero poder de la élite global se ejerce en el terreno menos visible: las carteras de inversión de ultrarricos y supermillonarios se asocian con emisiones de gran escala y con fuertes concentraciones en sectores fósiles. Se ha demostrado que las emisiones asociadas a estos portafolios financieros superan las de muchos países enteros (RFI, 2025). 

¿Cómo funciona el “lujo financiero”? Los multimillonarios no solo contaminan por su estilo de vida, sino por el destino de su capital. Una parte significativa de sus inversiones está concentrada en sectores de alto impacto climático: petróleo, gas, minería, infraestructuras fósiles y empresas de transporte intensivo en carbono. Según Oxfam International, el 60 % de los portafolios de los superricos está vinculado a industrias que perpetúan la dependencia global de combustibles fósiles.

Esto significa que, aunque un individuo pueda reducir su huella personal, el capital que controla puede multiplicar esa huella a escala industrial. El problema deja de ser “comportamiento individual” y pasa a ser arquitectura de poder económico. 

Esto no solo distorsiona los balances nacionales de carbono, sino que dificulta la gobernanza climática global: los compromisos de reducción pueden verse neutralizados por la actividad financiera de una minoría.

Además, la falta de transparencia y regulación en el sector financiero permite que estos capitales se desplacen rápidamente entre industrias, países y mercados, eludiendo controles y fiscalidad ambiental. El resultado es una “externalización” de la huella de carbono: el lujo financiero puede contaminar en cualquier parte del mundo, sin que los países receptores tengan capacidad real de exigir compensaciones o regulaciones.

Guerras, energía y el nuevo estado de excepción

Las guerras recientes muestran hasta qué punto el clima y la energía han quedado subordinados a la lógica de la seguridad. Entre 2025 y 2026, dos conflictos ilustran un mismo patrón político: cuando la geopolítica entra en fase dura, la transición energética queda en segundo plano.

En el frente Estados Unidos–Irán, la escalada militar iniciada en febrero de 2026 convirtió el Estrecho de Ormuz en eje de presión estratégica. Informes oficiales del Congressional Research Service describen amenazas y ataques que llegaron a paralizar en gran medida el tráfico marítimo por una de las rutas más críticas para el petróleo y el gas mundial (Congressional Research Service, 2026). La consecuencia no es solo diplomática: cada cierre parcial o amenaza reactiva la prioridad del suministro fósil y refuerza la narrativa del “riesgo energético”, desplazando los compromisos climáticos.

En la guerra Rusia–Ucrania, la energía dejó hace tiempo de ser un daño colateral para convertirse en objetivo militar. Ataques sistemáticos contra refinerías, oleoductos y redes eléctricas han sido documentados tanto por organismos internacionales como por la prensa (Noticias ONU, 2026; Council on Foreign Relations, 2026). El resultado es una guerra energética abierta que profundiza dependencias fósiles, dispara el gasto militar y consume recursos públicos que, en otro contexto, podrían destinarse a adaptación o mitigación climática.

Ambos conflictos comparten un problema estructural: las emisiones militares y de guerra siguen siendo un punto ciego del sistema climático global. El reporte de ese carbono es voluntario y fragmentario, lo que distorsiona los balances nacionales y vacía de contenido la idea de responsabilidad compartida. Un análisis de The Conflict and Environment Observatory (CEOBS) señala que el reporte de emisiones militares a la UNFCCC es voluntario y que la “brecha” de información se está ampliando, debilitando la contabilidad climática global en un contexto de mayor gasto militar (Conflict and Environment Observatory, 2025).

En términos de gobernanza climática, esto significa que una parte relevante de las emisiones asociadas a seguridad y guerra puede quedar sub‑reportada o agregada, dificultando debates democráticos sobre costos reales y responsabilidades.

En un mundo que ya vive en sobregiro ecológico, la guerra opera como un estado de excepción energético: suspende reglas, posterga límites y normaliza un “mientras tanto” que el planeta ya no puede permitirse.

Trump y la demolición del andamiaje climático global

Como si fuera poco, entra, o mejor, reingresa al juego un actor de color boliqueso que nos hace recordar aquella figura conmemorativa y mascota del mundial de futbol de España 82; pero, a diferencia de esa simpática figura, este entró para destrozar todo el tablero geopolítico mundial. 

El regreso de Trump a la Casa Blanca en 2025 no implicó una revisión parcial de la política climática estadounidense, sino una ruptura explícita con la arquitectura internacional y doméstica del clima. En su primer día de mandato, Trump firmó una orden ejecutiva para iniciar, por segunda vez, la retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París, decisión que se hizo efectiva en enero de 2026, dejando al país como el único gran emisor que ha abandonado el pacto en dos ocasiones (Congressional Research Service, 2025; Político, 2026). 

La retirada no fue simbólica. La administración Trump también comenzó el proceso para salir de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) y desmanteló los equipos diplomáticos que participaban en negociaciones internacionales, vaciando de hecho la presencia estadounidense en la gobernanza climática global (The Guardian, 2026).  

En el plano interno, el impacto fue aún más profundo. En febrero de 2026, la Agencia de Protección Ambiental (EPA) revocó el “endangerment finding” de 2009, la base científica y legal que permitía regular las emisiones de gases de efecto invernadero bajo la Ley de Aire Limpio. Esta decisión eliminó el fundamento jurídico de prácticamente todas las regulaciones climáticas federales sobre transporte, energía e industria (AP News, 2026). 

Paralelamente, la administración impulsó una ofensiva regulatoria sin precedentes: más de 60 acciones para debilitar o revertir normas ambientales, acelerar la extracción de combustibles fósiles y frenar la expansión de energías renovables, según análisis de The Guardian y centros jurídicos especializados (The Guardian, 2026; Sabin Center Climate Backtracker). 

El resultado político trasciende a Estados Unidos. Estudios académicos advierten que este repliegue socava la credibilidad multilateral, reduce la ambición colectiva y empuja al sistema climático internacional hacia una lógica de cada país por su cuenta (Garcia‑Soto, 2025). En un mundo ya en sobregiro ecológico, la política de Trump no desacelera el colapso: retira conscientemente los frenos institucionales.

Conclusión: Gobernar el límite

El lujo financiero es el “punto ciego” de la política climática. Mientras los gobiernos piden sacrificios a la mayoría, el capital de la élite sigue operando con normalidad, perpetuando la crisis. En un mundo que ya vive en sobregiro ecológico, regular el destino del dinero es tan urgente como regular el consumo visible.

La justicia climática debe ser un marco ético y político que priorice la equidad, la reparación y la participación democrática. Solo así se puede construir una respuesta global que no perpetúe injusticias, sino que las corrija, garantizando un futuro sostenible para todos.

La conclusión es políticamente incómoda pero necesaria: no habrá transición climática sin confrontar privilegios, sin regular sectores que hoy operan en zonas de excepción —la aviación VIP, las inversiones fósiles de la élite, las emisiones militares— y sin reconocer que la justicia climática no es un complemento ético de la política ambiental, sino su condición de posibilidad. Pedir sacrificios a la mayoría mientras el capital de una minoría sigue perpetuando la crisis no es una política de transición: es una transferencia de responsabilidad disfrazada de acción climática.

Transparentar las emisiones ocultas, regular el lujo extremo y garantizar que la rendición de cuentas alcance también a quienes concentran poder y recursos no son detalles técnicos. Son decisiones de poder. Y mientras no se tomen, seguiremos adelantando el Overshoot Day un poco más cada año, con nuestra anuencia.

Si necesitan la lista de las referencias utilizadas para esta columna, no duden en solicitármela en la sección de comentarios o contáctanos, para enviárselas.