Tradwife: ¿elección genuina o renuncia disfrazada?

Confieso que el fenómeno tradwife me ha obligado a detenerme a pensar.

No porque me incomode ver a una mujer dedicando su tiempo al hogar, cocinando para su familia o encontrando en la maternidad su vocación y su realización personal. Al contrario. Si algo defendemos quienes creemos en la libertad es precisamente la posibilidad de que cada mujer construya la vida que desea, encuentre plenitud donde decida hacerlo y lo haga sin que nadie le imponga un modelo de éxito, de feminidad o de felicidad.

Hay mujeres que encuentran su realización liderando una empresa. Otras, criando a sus hijos. Algunas hacen ambas cosas. Ninguna de esas decisiones debería ser motivo de juicio.

El problema nunca ha sido la libertad de elegir.

El problema aparece cuando empezamos a confundir una elección personal con un ideal que todas deberían seguir.

Y, sobre todo, cuando esa conversación deja de hablar de preferencias y comienza a cuestionar derechos.

En medio del auge de este movimiento han aparecido voces que sostienen que el esposo debería representar políticamente a la familia, que ambos deberían votar igual o, incluso, que él debería decidir por ella. No todas las mujeres que se identifican como tradwives piensan así, y sería injusto afirmarlo. Pero el hecho de que esas ideas vuelvan a circular ya merece una conversación.

Porque una cosa es decidir libremente cómo vivir.

Otra muy distinta es considerar prescindibles derechos que costaron décadas conquistar.

A veces olvidamos que hubo un tiempo en el que las mujeres no podían votar. Que su voz no contaba en las urnas porque la sociedad asumía que otro podía decidir por ellas. Ese derecho no apareció por generación espontánea. Fue el resultado de mujeres que escribieron, debatieron, marcharon y desafiaron una época que les decía que su lugar estaba únicamente dentro del hogar.

Gracias a esas luchas, hoy ninguna mujer está obligada a elegir entre una carrera profesional y una vida familiar. Puede construir su propio camino, cambiar de opinión, quedarse en casa o salir a trabajar. Esa posibilidad de elegir es, precisamente, la conquista.

Por eso me resulta paradójico que, en nombre de la libertad, algunas personas propongan devolver voluntariamente aquello que durante tanto tiempo fue negado por obligación.

No porque cocinar, cuidar o ser ama de casa tenga menos valor.

Todo lo contrario.

Cuidar también transforma sociedades.

Educar hijos también es construir futuro.

Sostener un hogar también es un trabajo digno.

Pero ninguna de esas decisiones exige renunciar a la autonomía.

No hace falta entregar la voz para demostrar amor.

No hace falta delegar el criterio para construir un buen matrimonio.

Y no hace falta renunciar a un derecho para reivindicar una tradición.

El voto nunca ha sido solo una papeleta depositada en una urna. Es el reconocimiento de que cada ciudadano posee una conciencia propia, una responsabilidad propia y una voz que nadie puede ejercer en su nombre.

Quizá el mayor peligro para un derecho no es que alguien intente quitárnoslo, sino que nosotros mismos lleguemos a creer que ya no lo necesitamos. Porque los derechos no siempre se pierden por la fuerza; a veces empiezan a debilitarse cuando dejamos de defenderlos, cuando los damos por sentados o cuando pensamos que renunciar a ellos no tiene consecuencias.

La pregunta, entonces, no es si una mujer decide quedarse en casa o construir una carrera profesional. Esa es una decisión que solo le corresponde a ella. La verdadera pregunta es: ¿hasta qué punto una decisión es realmente libre cuando consiste en renunciar a un derecho que otras mujeres dedicaron generaciones enteras a conquistar?