Me dirán viejo por acudir a la nostalgia.
Medellín era una ruta obligatoria para llegar desde Montería a Manizales en bus. Esa vez no pude hacer el enlace Medellín-Manizales, así que tuve que dormir en Medellín. Dos chicas me recibieron. Me llevaron a conocer un barrio, Carlos E. Restrepo, y creo que incluso hubo una botella de vino. Yo tenía una maleta más grande que yo, típico en mí.
Mientras recordábamos viejos tiempos, de apenas tres años de antigüedad, las chicas pusieron una canción de Silvio Rodríguez que yo no había escuchado. Me llamó mucho la atención el estribillo y el hecho de que mencionara a John Lennon y McCartney, a quienes admiraba.
Ahora, cada vez que la escucho, me acuerdo de aquellos viejos tiempos. Tres décadas de antigüedad.
Quién fuera…
Uno de los mayores misterios del hombre es el tiempo. Vivimos en función del tiempo. Preguntamos la hora, la fecha, cuánto falta para Navidad. De ahí ese afán de medirlo. Surgieron las clepsidras, los relojes de arena y, después, mecanismos cada vez más precisos. El reloj de arena, particularmente, parece simular la vida misma: grano a grano, lo que estaba arriba termina abajo.
Pero una cosa es medir el tiempo y otra muy distinta sentirlo. Y, claro, no todos lo sentimos de la misma manera.
A Albert Einstein se le atribuye una explicación jocosa de la relatividad: «Cuando cortejas a una bella muchacha una hora parece un segundo, pero cuando te sientas sobre carbón al rojo vivo un segundo parecerá una hora. Eso es la relatividad». Traigo el ejemplo a colación porque, probablemente, todos hemos experimentado algo parecido.
Recuerdo que, cuando cursaba bachillerato, en séptimo grado, me parecía una eternidad esperar los cuatro años que faltaban para llegar a once. Uno, que se sentía pequeñito en séptimo, veía lejísimo el momento de alcanzar el tamaño de aquellos adolescentes de último grado. Cuatro años eran demasiado tiempo.
Y todo esto viene de algo que publiqué hace poco: un fragmento de una canción de Silvio. Una vieja amiga —no una amiga vieja— reaccionó y me dijo:
“Silvio me recuerda a mis tiempos de la U… Días aquellos”.
Esa expresión quizá se siente con mayor intensidad cuando se han probado las mieles y las hieles de una universidad pública. Aunque llevaba tiempo sin hablar con ella, en el fondo esperaba que comentara algo. Cruzamos un par de recuerdos más y uno que otro título de Silvio.
Ella, por cierto, era una de aquellas dos chicas de Medellín. Las dos eran amigas del colegio y estudiaban entonces en Medellín, mientras yo lo hacía en Manizales.
Y es que la música opera como una cápsula del tiempo. Te hace viajar, y el único tiquete con el que debes contar son tus oídos. A veces ni siquiera eso: basta con reproducir la melodía en tu cabeza, algo que habitualmente hacemos.
Uno de los títulos que mi amiga mencionó me hizo acordar de Fredy, otro gran amigo, también del colegio. En Manizales vivíamos en la misma casa de “pensionados”, ya como universitarios. Practicábamos guitarra una y otra vez, intentando tocarla y cantarla como Silvio. Quizá entonces no entendía del todo lo que decía. Ahora me golpea cada vez que la escucho.
Para mí, es una de sus mejores canciones. Inicia con un coro casi celestial, una guitarra sencilla, sin mayores adornos, y su característica voz.
Pura relatividad esa canción.
Habla de una brisa vieja de la mañana, de una tarde en que se puede respirar, de un instante diminuto que puede sentirse inmenso; de viejos caminos, de caudales de siglos y, después, de volver a mirar la realidad.
Simplemente fenomenal.
Se vienen cuatro años.
Hace muchos años, cuatro años me parecían interminables.
Hoy sé que treinta pueden caber dentro de una canción.
Y se pregunta uno cuánto durarán realmente. El tiempo lo dirá.
Si pasarán como una hermosa canción o si nos sentaremos sobre el carbón al rojo vivo.
Y nada más…
🎵 Y nada más — Silvio Rodríguez (https://youtu.be/V8uCNime12g)

