
Dicen que de política, religión y fútbol es mejor no hablar. Yo, en un arranque de optimismo (o de imprudencia), decidí enamorarme de alguien que piensa distinto.
Confieso que al principio no me parecía una gran idea. Mi mayor preocupación no era la relación; era imaginar la primera reunión familiar. Mientras algunos preguntan por el clima o por el trabajo, yo solo podía pensar en el inevitable: “¿Y ustedes por quién votaron?”.
Él es progresista. Yo soy de derecha. Él cree que el Estado puede resolver más cosas; yo sigo sospechando que, si el Estado administrara un desierto, en seis meses habría escasez de arena.
Nuestras conversaciones parecen un debate presidencial, solo que con mejor café y besos al final. Él llega con estadísticas. Yo con otras estadísticas. Él cita autores. Yo también… aunque a veces el algoritmo de TikTok se cuela en mis argumentos.
Lo mejor de todo es que ninguno de los dos ha logrado convencer al otro. Discutir de política con nosotros es como ver una partida de ajedrez entre dos personas convencidas de que juegan como grandes maestros. Cada uno cree haber dejado al otro contra las cuerdas, aunque la realidad es que seguimos exactamente donde empezamos: defendiendo nuestras piezas con absoluta terquedad.
Y es curioso, porque uno crece creyendo que el amor consiste en encontrar a alguien que piense igual. Que el alma gemela debe votar parecido, indignarse por las mismas cosas y aplaudir los mismos discursos. Después aparece la vida, que tiene un humor bastante particular, y te demuestra que el corazón no lee programas de gobierno antes de enamorarse.
Vivimos en una época donde basta un voto diferente para cancelar una amistad, bloquear un contacto o declarar al otro enemigo de la democracia. Nosotros, en cambio, decidimos hacer algo mucho más radical: escucharnos. Escuchar, que parece una tarea tan sencilla, terminó siendo un acto de resistencia. Porque escuchar no es esperar el turno para responder; es aceptar, aunque sea por unos minutos, que la historia del otro también tiene razones. Y eso, en estos tiempos, resulta casi subversivo.
Pero el amor tiene esa extraña costumbre de recordarte que una persona es mucho más que el partido por el que vota o el nombre que marca en el tarjetón.
No, no hemos llegado a un acuerdo sobre impuestos, reformas o el tamaño ideal del Estado. Seguimos convencidos de que el otro está profundamente equivocado. Ese consenso sí lo alcanzamos.
Con el tiempo entendí que una relación no necesita dos personas que piensen igual. Necesita dos personas capaces de discutir sin querer destruirse, de defender sus ideas sin burlarse de las del otro y, sobre todo, de recordar que ninguna elección vale más que la persona que tienes al frente.
Quizás por eso las mejores conversaciones nunca terminan con un ganador. Terminan con una sonrisa, con un “ya cambiemos de tema”, con una pizza compartida o con la promesa silenciosa de seguir intentándolo mañana. Hay debates que no buscan una conclusión; solo quieren recordarnos que seguimos teniendo la confianza suficiente para decir lo que pensamos. En tiempos donde todos exigen tolerancia, pero solo hacia quienes opinan igual, amar a alguien del “otro bando” termina siendo un pequeño acto de rebeldía.
No sé si algún día Juan votará como yo. Sospecho que las probabilidades son tan bajas como las de que yo cambie de bando por un hilo en redes sociales. Y, siendo sincera, ya ni siquiera me interesa. Hay una tranquilidad inmensa en descubrir que el amor no consiste en moldear al otro hasta que se parezca a uno, sino en celebrar que exista alguien capaz de desafiar tus certezas sin dejar de darte paz.
Mientras escribo esta columna caigo en cuenta de que esta noche tenemos reunión familiar. No sé si hablaremos del clima, de la comida o de quién se casó. Lo que sí sé es que basta con que alguien pronuncie el nombre de un político para que el volumen de la conversación suba misteriosamente. Si eso pasa, ya les contaré si sobrevivimos.
Pero hay algo en lo que sí logramos ponernos de acuerdo: es mucho más fácil cambiar el mundo cuando uno deja de intentar cambiar a la persona que ama.
Al final, quizá la política debería aprender un poco del amor. Porque el amor sabe discutir sin cancelar, discrepar sin despreciar y perder una discusión sin sentir que perdió la dignidad.
Y eso, aunque a algunos les parezca increíble, sí merece una mayoría absoluta.
