Patria Milagro: fe, poder y las preguntas que nadie quiere responder – Parte 2/2

En la primera parte de esta columna analizamos el lenguaje del milagro, la narrativa de la patria como entidad moral, la tensión entre reducir el Estado y concentrar poder presidencial, y la apuesta por el mercado y los hidrocarburos como motores únicos de desarrollo. Si no la leyeron, vale la pena empezar por ahí (https://losjuanetes.com/patria-milagro-fe-poder-y-las-preguntas-que-nadie-quiere-responder-parte-1-2/2026/08/03/j-angelchicaurzolagmail-com/ ). Esta segunda parte entra a los temas que más aplausos generan en campaña y que, por lo mismo, merecen más preguntas.

El petróleo como puente que podría volverse jaula

La reactivación de hidrocarburos ocupa un lugar central en la propuesta: petróleo y gas como caja fiscal, fuente de regalías, motor de empleo y respaldo para programas sociales. La intención es comprensible en un país que depende de esos ingresos. Pero hay una trampa en esa lógica: si los programas sociales dependen de la extracción continua, el Estado tiene un incentivo estructural para que esa extracción nunca se detenga. Lo que se presenta como un puente hacia el desarrollo puede volverse la columna vertebral de un modelo que posterga indefinidamente la transición.

La pregunta que el programa no responde con claridad es cuál es el horizonte de salida. 

Una democracia no debería ofrecer al capital más certeza y garantías que las que ofrece a las comunidades, los ecosistemas y las generaciones que vendrán después.

Y dentro de ese modelo extractivo, el fracking merece una pausa aparte. Durante la campaña, De la Espriella defendió la técnica como el mecanismo para llevar la producción petrolera colombiana de unos 700.000 a 1,35 millones de barriles diarios —casi duplicarla, por si alguien no había anotado el dato—, y la resumió con una analogía que, hay que reconocerlo, tiene el mérito de la creatividad: si un edificio se construye bien, no se cae; si el fracking se hace bien, no contamina. Después, como suele ocurrir cuando las campañas encuentran resistencia, el lenguaje se moderó y apareció el concepto de “fracking responsable”, con respeto a áreas protegidas y todas las garantías del caso.

El problema es que el fracking sostenible, entendido como una actividad sin consecuencias ambientales y climáticas relevantes, no existe en ningún catálogo científico conocido. Puede hacerse mejor o peor, con controles estrictos o irresponsablemente, pero sigue siendo una técnica que fractura el subsuelo, consume y maneja grandes volúmenes de agua, genera riesgos asociados a la integridad de pozos y aguas residuales y, sobre todo, alimenta una cadena de petróleo y gas donde las fugas de metano siguen siendo un problema climático real y documentado. Llamarlo “fracking sostenible” se parece bastante a ofrecer cigarrillos saludables porque ahora vienen con filtro biodegradable: puede mejorar el envoltorio, incluso reducir algunos daños, pero conviene no confundir una versión menos perjudicial con una actividad inocua.

Y la comparación del edificio tiene otro inconveniente que vale la pena señalar: un edificio bien construido tiene como objetivo que la gente viva dentro. Un pozo de fracking perfectamente construido tiene como objetivo sacar del subsuelo un combustible fósil que después alguien tendrá que quemar. Ahí la ingeniería puede hacer muchas cosas, menos derogar la química. Quizás por eso sería más honesto hablar de fracking con controles ambientales estrictos que bautizarlo “sostenible”. Al planeta, desafortunadamente, todavía no han logrado convencerlo con mercadeo.

La corrupción no se combate solo con indignación

Pocas palabras tienen tanta fuerza electoral en Colombia como “corrupción”. Todos están en contra de ella, nadie se reconoce como parte de sus redes y casi cualquier propuesta puede financiarse prometiendo recuperar lo que los corruptos se roban. En este discurso, la corrupción cumple una función narrativa muy conveniente: explica todos los males, justifica la depuración del Estado y sirve de base moral para concentrar autoridad.

El problema es que la corrupción no es solo una colección de individuos perversos que pueden ser perseguidos por un gobernante virtuoso. Es un sistema de incentivos, financiación política, contratación, opacidad e influencia sobre instituciones. No se combate únicamente con castigo. Se combate con instituciones que puedan también controlar al gobernante. Una oficina presidencial anticorrupción puede ser útil y, a la vez, puede ser peligrosa si el Ejecutivo termina definiendo quién es corrupto y quién pertenece al círculo de los honestos. La corrupción no desaparece porque llegue al poder alguien que se considera moralmente superior. A veces simplemente cambia de apellido.

La seguridad necesita más que espectáculo

La inseguridad, la extorsión, el control territorial de grupos armados y el narcotráfico son realidades que no pueden minimizarse. Cualquier política que las ignore pierde legitimidad. Sin embargo, el enfoque de seguridad del programa está construido alrededor de la contundencia y la espectacularidad: megacárceles, ofensivas militares, neutralización de cabecillas. Produce imágenes fuertes y genera la sensación de que el Estado llegó. Pero el espectáculo del castigo no garantiza la transformación de las causas.

Las cárceles pueden llenarse de jóvenes pobres mientras siguen intactas las redes financieras y políticas que lavan dinero y se benefician de economías ilegales. La verdadera seguridad también depende de crear condiciones para que la violencia no regrese: justicia accesible, educación, oportunidades económicas y presencia institucional legítima en territorios que llevan décadas abandonados.

Lo que falta: el planeta y sus límites

Quizá lo más revelador de cualquier programa no sea lo que dice, sino lo que omite. En esta propuesta, los recursos naturales aparecen principalmente como activos productivos, fuentes de regalías y motores de crecimiento. Los límites ecológicos, en cambio, tienen una presencia modesta. La crisis climática, la biodiversidad, la transición energética justa y la adaptación territorial aparecen en un segundo plano frente al entusiasmo extractivo.

Cualquier modelo económico del siglo XXI que no incorpore seriamente esos límites está diseñado para un mundo que ya no existe. La naturaleza entra al programa como riqueza; sería deseable que también entrara como condición de posibilidad.

Lo que el programa tiene… y lo que le falta para ser completo

Sería injusto decir que la propuesta no tiene preocupaciones sociales reales. Las tiene: apoyo a madres cabeza de hogar, vivienda, empleo rural, formación técnica. Tampoco es cierto que toda defensa de la empresa privada, la familia o la reducción burocrática sea automáticamente autoritaria o antisocial.

La crítica más honesta es de arquitectura: el programa combina fortalecimiento del mercado, expansión extractiva, reducción de controles institucionales, concentración de autoridad ejecutiva y compensación social para quienes queden rezagados. Esa combinación tiene un nombre técnico: política social compensatoria. Alivia consecuencias, pero raramente transforma causas. La desigualdad colombiana tiene raíces profundas en la concentración de tierra, el poder financiero, la precariedad laboral y un sistema tributario que no siempre cobra más a quienes más tienen. Un subsidio puede aliviar la pobreza, pero no redistribuye el poder.

El verdadero milagro

Colombia no necesita el milagro de un líder providencial. Necesita algo más difícil y más aburrido: construir capacidades institucionales, reducir desigualdades estructurales, transformar su matriz productiva, garantizar seguridad con derechos, combatir la corrupción sin concentrar poder en quien la combate, atraer inversión sin arrodillarse ante ella y aprovechar sus recursos sin regalarlos bajo una dudosa relación costo-beneficio —en un claro pierde-gana— a naciones y poderes extranjeros, o sin hipotecar el futuro de quienes vienen después.

Nada de eso ocurre de manera instantánea, ninguna de esas frases cabe bien en un eslogan y, sobre todo, ninguna puede ser ejecutada por una sola persona. El verdadero milagro sería que una sociedad acostumbrada a buscar salvadores decidiera, por una vez, construir instituciones en lugar de esperar que alguien llegue a rescatarlas.

Crean en los milagros si quieren —aún estamos en un país libre, o al menos eso dice la Constitución—. Pero no dejen de hacer preguntas: todo milagro que exige silencio como condición previa huele, sospechosamente, más a truco de magia —de esos en los que con una mano te distraen mientras con la otra te desaparecen todo en la cara— que a revelación divina.