
Hay una escena que se repite con variaciones de vestuario pero idéntico guion: un hombre —casi siempre un hombre— con una fortuna que supera el PIB de varios países enteros, sentado a la mesa donde se deciden las reglas que el resto de la humanidad deberá obedecer. A veces es dueño de una red social. A veces, de un periódico. A veces, de una farmacéutica, una petrolera o un imperio de inteligencia artificial. Casi siempre, de varias cosas a la vez. Y casi siempre, también, escéptico —por conveniencia más que por ignorancia— de que el planeta se esté incendiando por culpa del modelo que le hizo rico.
Según Oxfam, presentado en Davos este año, la riqueza de los milmillonarios creció 81% desde 2020, mientras casi la mitad del mundo vive con menos de 8 dólares al día. Más inquietante: tienen 4.000 veces más probabilidades de ocupar un cargo político que un ciudadano común. No es paranoia. Es aritmética del poder.
En América Latina, la fotografía es aún más cruda. Entre los años 2000 y lo corrido de 2026, al menos 16 presidentes en 11 países de la región llegaron al poder tras dirigir grandes empresas, y apenas cinco países aplican impuestos al patrimonio neto, mientras solo nueve gravan herencias o donaciones. La directora regional de Oxfam para América Latina y el Caribe lo resume sin rodeos: cuando la riqueza compra influencia política, la democracia deja de representar a las mayorías para convertirse en privilegio de unos pocos.
Y aquí está el giro que conecta la desigualdad económica con la crisis ecológica: Aunque ustedes no lo crean, esas mismas fortunas que compran elecciones, medios y partidos son, en su inmensa mayoría, las que se benefician —directa o indirectamente— de seguir extrayendo, quemando y contaminando como si el siglo XXI no hubiera traído ningún diagnóstico climático.
Lo que ya nos advirtió Roma, dos veces
Laudato si’, la encíclica que el papa Francisco publicó en 2015, fue la primera gran condena moral global de un modelo de desarrollo que trata a nuestro Planeta como mercancía desechable y a los pobres como daño colateral: crisis ecológica y crisis social son, sostiene, una sola crisis socioambiental, producto de un “paradigma tecnocrático” que reduce toda relación a dominio y eficiencia.
Ese hilo no se rompió con su sucesor. Magnifica humanitas, primera encíclica de León XIV, firmada en mayo de este año, traslada la alerta a la inteligencia artificial: advierte sobre nuevos monopolios de datos y algoritmos que excluyen a los más frágiles. El diagnóstico es el mismo: cuando el poder técnico y económico se concentra sin contrapesos, la dignidad humana queda subordinada a la “cultura del poder”.
Pero antes de que el Vaticano hablara de límites planetarios, ya lo había hecho otra Roma: el Club de Roma, que en 1972 encargó al MIT el informe Los límites del crecimiento. Su conclusión: nada puede crecer exponencialmente de forma indefinida en un planeta finito; de seguir así, el sistema colapsaría en menos de un siglo. Fue ridiculizado entonces por la misma maquinaria que medio siglo después financiaría el negacionismo climático. Cincuenta años de datos le dieron la razón: el crecimiento material ilimitado alimenta hoy tanto la crisis climática como la concentración de riqueza.
Lo que dice la economía cuando no la escriben los ricos
Un mundo donde doce personas acumulan más riqueza que miles de millones juntos no es un mundo desarrollado. Joseph Stiglitz ha mostrado que esa desigualdad no es efecto secundario del crecimiento, sino resultado de reglas diseñadas —cabildeo, paraísos fiscales, captura regulatoria— por quienes más se benefician. Thomas Piketty aportó el dato que cambió la conversación: cuando el capital rinde más rápido que la economía, la desigualdad no es anomalía sino tendencia estructural, salvo que la política la corrija con impuestos progresivos.
Yuval Noah Harari añade la pieza que explica por qué este momento se siente distinto: la próxima gran divisoria social no será solo entre ricos y pobres, sino entre quienes controlan la infraestructura algorítmica que decide qué consumimos y qué pensamos posible. Esa advertencia, de un historiador, es la misma que articula Magnifica humanitas desde la fe: el peligro no es la tecnología, sino su concentración en quienes ya concentran el resto del poder.
Por qué la sostenibilidad es, hoy, un acto de REBELDÍA
Aquí es donde quiero detenerme, porque esta columna es un grito para decir algo más incómodo: en el contexto actual, apostar por el desarrollo sostenible ya no es una política pública moderada ni una etiqueta de marketing corporativo. ES UN ACTO DE REBELDÍA.
Y lo es porque cuestiona directamente el modelo de extracción ilimitada que sostiene a las fortunas que hoy compran gobiernos. Lo es porque exige transparencia y regulación justo donde los plutócratas han invertido más esfuerzo en blindarse: la fiscalidad, la propiedad de los medios, el control algorítmico, la financiación política. Lo es porque propone que el límite al poder económico —tan resistido por las élites— es tan legítimo como el límite al poder político que aceptamos sin discusión desde hace siglos.
Conviene decirlo con claridad: cuando el poder económico captura simultáneamente instituciones democráticas, medios, agenda climática e infraestructura tecnológica, la ciudadanía pierde algo más que representación. Pierde la capacidad de decidir colectivamente el tipo de planeta que quiere habitar.
Se acabó el tiempo de la equidistancia cómoda, y sí, aunque ustedes no lo crean, al igual que en la política, en la economía y en el cambio climático también hay “tibios” que no han entendido que su tibieza beneficia un solo lado de la ecuación, y no es el lado del planeta. No existe un desarrollo sostenible que sea, a la vez, compatible con la concentración ilimitada de riqueza y poder que hoy gobierna buena parte del planeta. O desacoplamos el poder político, mediático, algorítmico y energético del poder económico y la concentración de dinero o seguiremos llamando “desarrollo” a un proceso injusto, desigual e inequitativo en donde hay miles de millones de perdedores y un club privado de solo un par de decenas de ganadores que, como un Nobel de Economía describió, escribe las reglas del juego para que solo ellos puedan ganar.
La sostenibilidad que merece ese nombre es la que exige, sin eufemismos, que la riqueza extrema pague lo que debe, que el clima deje de ser negociable y que la democracia vuelva a pertenecer a quienes la habitan y no a quienes la compran. Todo lo demás —por verde, por innovador o por piadoso que se disfrace— es apenas la última forma de la misma vieja plutocracia.
