Bitácora de un momento perfecto… Hay canciones que no recordamos: nos recuerdan

Hay placeres que no cuestan nada.

No necesitan una reserva, una compra, un viaje ni siquiera demasiado tiempo. A veces basta con darle play a una canción.

Y entonces ocurre.

Una canción puede cambiarnos el ánimo. Otra puede hacernos bailar mientras cocinamos. Una puede darnos ganas de manejar sin rumbo, de llamar a alguien, de salir a caminar. Y están aquellas que consiguen algo todavía más poderoso: hacernos querer vivir un momento que todavía no existe.

Por eso compramos una entrada para un concierto que esperamos durante meses.

Planeamos una noche de baile.

Armamos una lista de reproducción para una reunión con amigos.

Elegimos las canciones que queremos escuchar en el carro, las que pondremos mientras cocinamos, las que queremos cantar a gritos cuando estemos con determinada gente.

La música no solamente acompaña algunos momentos.

A veces los fabrica.

Quizás todo comenzó mucho antes de nosotros.

No sabemos exactamente cuándo comenzó el ser humano a hacer música.

El sonido no deja fósiles y, por eso, nunca podremos saber cuál fue la primera melodía que alguien inventó, ni cuándo un ser humano descubrió que podía organizar sonidos para producir algo que quería volver a escuchar.

Pero sí tenemos evidencias arqueológicas de instrumentos musicales de hace más de 35.000 años. Las flautas de hueso y marfil encontradas en el suroeste de Alemania son algunas de las evidencias más antiguas conocidas de una tradición musical humana.

Me gusta imaginarlo.

Hace miles de años, alguien tomó un hueso, hizo cuidadosamente unos agujeros y descubrió que de allí podía salir algo distinto del silencio.

No sabemos qué sintió.

Pero sabemos que seguimos haciéndolo.

Seguimos buscando sonidos que nos hagan sentir algo.

Y quizá nuestro cerebro tenga bastante que decir sobre ese extraño placer.

Cuando escuchamos música no estamos simplemente recibiendo sonidos. Nuestro cerebro intenta anticipar lo que viene: el siguiente golpe, la siguiente nota, el regreso del estribillo, el cambio de intensidad. La música juega con nuestras expectativas, y esa conversación entre lo que esperamos y lo que finalmente ocurre participa en la experiencia de placer musical.

Por eso una canción conocida puede seguir emocionándonos.

Sabemos que viene el coro.

Y precisamente porque sabemos que viene, lo esperamos.

Y cuando llega, algo en nosotros responde.

Está también el ritmo.

Ese pulso que no necesariamente pensamos, pero que sentimos.

Podemos marcarlo con el pie, mover la cabeza, anticipar el golpe de la batería o empezar a bailar antes de haber decidido conscientemente que queremos hacerlo. La percepción del ritmo involucra, además de las áreas auditivas, redes relacionadas con el movimiento.

Quizás por eso una canción no solamente se escucha.

También se habita con el cuerpo.

Está el pulso, el ritmo, la melodía, la armonía, el timbre, la repetición, la sorpresa, la letra.

Todo ese pequeño universo ocurre en unos cuantos minutos.

Y nosotros lo llamamos simplemente:

una canción.

Pero si algo me fascina de la música es lo que ocurre después.

Porque una canción puede convertirse en memoria.

Y no solamente en memoria musical.

Puede convertirse en memoria de una casa, de una persona, de una ciudad, de una edad, de una noche.

La música familiar puede evocar recuerdos autobiográficos especialmente vívidos y cargados de emoción.

Y ahí es donde mi propia vida empieza a tener una banda sonora.

Mi padre huele a tango

Cuando pienso en mi niñez y en mi padre, hay una música que aparece inevitablemente:

el tango.

Pero en mi memoria el tango no es una categoría musical.

Es mi papá.

Es aguardiente.

Son empanadas.

Son mis tíos reunidos.

Es una casa llena de voces.

Y aparecen Los Visconti, con Veneno y esas canciones que quedaron pegadas a una época de mi vida.

Es curioso cómo funciona la memoria.

Uno cree que recuerda una canción, pero en realidad recuerda todo lo que estaba alrededor de ella.

La mesa.

Las personas.

Los olores.

La edad que teníamos.

La sensación de estar allí.

Y en esa misma casa estaba también la música de mi mamá.

Luis Miguel y Ana Gabriel.

Eran parte del paisaje sonoro de mi infancia: mi mamá organizando la casa, preparando el almuerzo, limpiando, cuidándonos.

Yo no sabía entonces que aquello también era una forma de memoria.

Para mí simplemente era la música de la casa.

Hoy, cuando escucho esas canciones, puedo casi reconstruir aquel escenario.

Y entonces pienso que algunas canciones no solamente tienen melodía.

Tienen temperatura.

Tienen olor.

Tienen una casa adentro.

Después llegó Bon Jovi

Tenía unos catorce años cuando mi papá me regaló un casete de Bon Jovi.

Todavía puedo pensar en lo extraordinario que era, para una adolescente, tener una música que parecía ser solamente suya.

Mi pasión por el rock y por el hard rock quedó ligada a aquel regalo.

Bon Jovi se convirtió en uno de mis grupos favoritos y después vinieron otros discos, otras canciones y muchos conciertos.

Pero la historia comenzó allí.

Un casete.

Una adolescente.

Un regalo de su papá.

Y una música que empezaba a acompañar la construcción de una identidad propia.

Después vino el cambio

Mis papás se separaron y mi vida cambió.

Me vine a Montería y, con el cambio de casa, de ciudad y de circunstancias, cambió también la banda sonora.

Llegó el vallenato de aquella época.

La nueva ola.

No es necesariamente la música que hoy escogería para sentarme a escuchar, pero cuando aparece alguna de aquellas canciones ocurre algo maravilloso:

vuelvo a la universidad.

Vuelvo a las personas.

A las conversaciones.

A los amigos.

A aquella versión de mí que estaba empezando a descubrir quién era.

Y entonces entendí algo:

no siempre amamos una canción por la canción.

A veces amamos el lugar de nuestra vida donde la canción decidió quedarse.

Y después empezamos a escuchar de otra manera

Creo que también ocurre algo cuando crecemos.

Llega un momento en que dejamos de escuchar solamente el ritmo.

Empezamos a escuchar las palabras.

Las ideas.

Las preguntas.

La manera en que alguien mira el mundo.

Y entonces llegó Silvio Rodríguez.

Su música apareció en una etapa más adulta, cuando también habían cambiado mis preguntas. Cuando empecé a mirar de otra manera la naturaleza, el mundo, el bienestar, la sociedad, las cosas que nos rodean.

Y aquel concierto fue especial.

No solamente porque estaba escuchando canciones que me gustaban, sino porque había algo allí que iba más allá de la música.

Había una manera de pensar.

Y quizás esa es otra de las cosas maravillosas que puede hacer una canción: acompañarnos mientras cambiamos.

Y después llegó Drexler

El último concierto que recuerdo especialmente es el de Jorge Drexler.

Y allí la música volvió a encontrarme por otro camino: por las palabras.

Por la literatura.

Por esa fascinación que tengo por una buena frase, por una letra que no termina en la primera escucha.

Drexler tiene algo que me conmueve: la sensación de que cada palabra, cada sonido, cada pausa y cada ritmo están puestos allí por alguna razón.

Como si hacer una canción fuera también una manera de escribir.

De pensar.

De construir.

El concierto fue precioso.

Había una energía difícil de explicar, de esas que hacen que uno salga sintiendo que durante unas horas estuvo exactamente donde quería estar.

Mi canción favorita es Todo se transforma.

Y quizás no sea casualidad.

Porque cuando miro mi propia historia musical encuentro precisamente eso:

todo se transforma.

El tango se transformó en memoria.

Luis Miguel y Ana Gabriel, en la casa de mi infancia.

Un casete de Bon Jovi, en una pasión.

El vallenato, en universidad y juventud.

Silvio, en preguntas.

Drexler, en palabras.

Y yo, mientras tanto, fui cambiando con ellos.

Y después están los otros

Pero la música no solamente guarda nuestras propias historias.

También guarda las que vivimos con otros.

Una noche de amigos alrededor de una mesa.

Alguien pone una canción.

Otro grita:

—¡Esta!

Y de repente todos tienen una historia.

Uno recuerda dónde estaba.

Otro recuerda a quién amaba.

Otro cuenta que la escuchaba cuando se fue de viaje.

Alguien comienza a cantar.

Alguien se ríe.

Y descubrimos que una misma canción puede contener cinco vidas diferentes.

La canción es la misma.

El recuerdo no.

Quizás por eso hacemos listas de reproducción.

Porque algunas listas son casi álbumes familiares.

Canciones que alguien nos recomendó.

Canciones que descubrimos por casualidad.

Canciones que escuchamos durante un amor.

Canciones que nos acompañaron cuando terminamos otro.

Canciones de una fiesta.

De un viaje.

De una amistad.

De una época.

Canciones que quizá ya no escucharíamos todos los días, pero que no somos capaces de borrar.

Porque borrarlas sería, de alguna manera, borrar el pequeño lugar de nuestra vida que guardan.

Para volver

Y entonces vuelvo al principio.

A ese placer tan sencillo y tan gratuito de darle play a una canción.

De escuchar.

De dejarnos envolver por una atmósfera.

De sentir el ritmo.

De cantar una letra.

De bailar.

De compartirla.

De recordar.

Quizás la música no tenga la capacidad de detener el tiempo.

Pero tiene algo casi tan extraordinario:

puede enseñarnos a regresar a él.

Una canción puede durar cuatro minutos.

Pero nosotros podemos pasar toda una vida dentro de ella.

Y quizá por eso algunas canciones no son realmente canciones.

Son pequeños post-it que la vida pega en nuestra memoria.

Para que, cuando vuelvan a sonar,

sepamos exactamente dónde estuvimos.

Dedicatoria

A mi mamá y a mi papá, porque sin saberlo fueron los primeros en construir mi banda sonora.

A mis amigos, a los amores, a las personas que llegaron y a las que se quedaron solo el tiempo necesario para dejar una canción, una historia, una noche, una palabra.

A cada uno de quienes han pasado por mi vida y han dejado, de alguna manera, una pequeña nota.

Porque mi gusto musical, tan variado y a veces tan improbable, no es solamente mío.

Está hecho de retazos de todos ellos.

De mi papá aprendí algunas canciones.
De mi mamá aprendí otras.
De mis amigos aprendí otras tantas.
Y de la vida aprendí a hacerlas mías.

Hoy sé que quizá eso somos también:
una colección de sonidos, personas y momentos que, sin darnos cuenta, terminan convirtiéndose en nosotros.

“Hay canciones que no recordamos: nos recuerdan.”