Si la vida fuera estable todo el tiempo yo…

Por un PhD en Desarrollo Sostenible (y sobreviviente de parrandas vallenatas propias y ajenas)

Comienzo esta columna haciendo tres confesiones: mi primera confesión es que la idea de esta columna no fue propia, fue una sugerencia de alguien a quien respeto y admiro mucho. Mi segunda confesión es que, como bien ya imaginan, escribo esta columna mientras me tomo unas cuantas cervezas y escucho la canción que la inspira. Y, mi tercera confesión: esta canción fue mi compañera en innumerables parrandas y, ya con menos frecuencia y, como todo buen colombiano, la canté durante años sin preguntarme si el Cacique de La Junta, sin querer, había compuesto el himno no oficial del colapso ambiental. Porque si uno escucha con oído de doctorado —deformación profesional, discúlpenme— “La Plata” no es una canción de amor: es un tratado de economía hedonista y consumismo puro con caja y acordeón.

Aquí va mi primera hipótesis de investigación, financiada por absolutamente nadie: la felicidad que describe la canción —esa alegría desbordada derivada del gasto de dinero sin reservas como si no hubiera mañana porque “la vida es un sueño y antes de morir es mejor aprovecharla”— es exactamente la misma que nos vendieron Wall Street, los créditos de consumo y el Black Friday. La plata no es para guardarla, es para quemarla en público. Y quemar, amigos, es literal: cada peso gastado en algo que no necesitábamos tiene detrás una cadena de extracción de litio, transporte transoceánico, empaque plástico y una fábrica en algún lugar del mundo emitiendo CO2 mientras nosotros posamos para la foto.

Yo no le echo la culpa al parrandero. Le echo la culpa al sistema que convirtió el vivir para gastar, esa vida “instagrameable” en el único lenguaje disponible para decir “lo logré”. Diomedes cantaba desde el Caribe colombiano lo que hoy repite un influencer desde cualquier lugar del mundo: mira lo que tengo, mira lo que puedo botar, mira cómo no me importa el mañana.

Aquí es donde mi título de posgrado deja de ser gracioso. El estilo de vida que la canción celebra —gastar sin medida, consumir sin culpa, disfrutar hoy porque hoy hay con qué— es matemáticamente incompatible con un planeta que ya sobregiró su cupo de recursos renovables cada año antes de agosto. El Overshoot Day nos llega cada vez más temprano, como esas parrandas de fin de semana que antes empezaban los viernes y, ahora empiezan un jueves y uno no sabe en qué momento se volvieron una semana completa. La Tierra, como buen anfitrión resignado, sigue sirviendo trago aunque sepa que no hay con qué pagar la cuenta.

Y no, no estoy pidiendo que cancelemos el vallenato ni que Diomedes reencarne como activista de Greenpeace, ni como el nuevo Capitán Planeta con capa y todo. Estoy diciendo que la canción, sin proponérselo, retrató con precisión clínica el problema central del Antropoceno: confundimos abundancia con derroche y desarrollo con destrucción. Y si bien, la vida no es estable todo el tiempo, ese estilo de vida hedónico de comprar un carro nuevo cada dos años, cambiar de celular cada diez meses, llenar el clóset de ropa que se usa una sola vez para la foto, del lujo extremo, del consumo irracional, eso precipita y fortalece la crisis climática —y ese guayabo, el del cambio climático, no se cura con Alka – Seltzer ni Electrolit.

Lo más cruel del asunto es que ni siquiera disfrutamos gastar: performamos que gastamos. Publicamos la fiesta antes de vivirla. Compramos el bolso no porque lo necesitemos, sino porque necesitamos que alguien nos vea con él. Es la misma lógica del que tiene plata y quiere que el barrio entero se entere: solo que ahora el barrio es el mundo entero y el costo ambiental de “que se entere el mundo entero” ya no cabe en ninguna cuenta de banco, sino en la cuenta de carbono que le estamos pasando, sin pedirle permiso, a nuestros nietos.

Y aquí va mi segunda hipótesis: Si bien Diomedes nos canta sobre su decisión inter e intrageneracional de gastarlo todo en vida para no dejar herencia fundamentado en la loable intención de evitar peleas entre quienes se sientan con derechos sobre lo que deje, porque “en el cementerio estoy vuelto gusanos y allá están peleando lo que yo dejé“, con el planeta y sus recursos no podemos hacer lo mismo. Es nuestro deber pensar en quienes comparten el planeta con nosotros en este momento y en quienes lo compartirán con nuestros hijos y nietos. Les debemos la misma oportunidad de conocer y aprovechar los recursos naturales que nuestro planeta posee con la esperanza de que, ni nosotros ni ellos, demos inicio a la tercera guerra mundial por el uso y abuso de dichos recursos.

No tengo la solución en 900 palabras —si la tuviera, ya tendría un Nobel y no estaría escribiendo columnas por amor al arte y a la caja vallenata—. Pero sí tengo una propuesta modesta: sigamos parrandeando “La Plata”, faltaba más, pero dejemos de vivirla como manual de vida. Que el lujo no sea parrandear y beber como si no hubiera mañana, sino tener un planeta donde los nietos puedan seguir bailando esta misma canción sin preguntarse por qué el verano dura ocho meses y el río del pueblo ya no tiene agua.

Porque si seguimos gastando el planeta como si fuera plata fácil, la próxima canción que compongan sobre nosotros no será un vallenato alegre. Será un réquiem. Y esa sí que no prende ninguna parranda, ni se baja con cerveza.

Juan Ángel Chica Urzola NO recibe comisión de Diomedes Díaz, del Cambio Climático, ni de ningún banco que financie sus contradicciones personales.